El día en que Vicente Leñero, rechazó el ofrecimiento de Salinas de Gortari

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Ahora con la FIL, muchos políticos del PRI aprovecharon para colgarse del nombre del escritor y periodista, Vicente Leñero. Lástima que olvidan que Leñero fue un ejemplo de periodismo libre y de congruencia, que en su momento rechazó un ofrecimiento de Carlos Salinas de Gortari para apoderarse del semanario Proceso y traicionar a Julio Scherer:

Vicente Leñero conoció a Carlos Salinas de Gortari un 10 de mayo de 1988, cuando éste, dice el autor de Los albañiles, “ya se sentía presidente, pero todavía se le podía decir licenciado”.

El encuentro se dio en la casa de la calle Cracovia, al sur de la ciudad, y de ningún modo fue agradable para nadie. Con la sonrisa y los buenos modos por delante, en el fondo ambos hubieran querido recriminarse cosas, o al menos sermonearse más abiertamente. Pero Salinas, ya encumbrado, señalado por el dedo de Dios, con la fuerza del poder dentro de sí, optó por esa sonrisita cordial y los buenos modales que lo caracterizaron siempre.

En cuanto a Leñero, periodista experimentado, sagaz y de olfato agudo, prefirió, como todo buen reportero, observar cada detalle, cada gesto. Desde las fotografías que había en un pequeño salón donde esperó unos minutos a que lo recibiera el candidato —como aquellas donde aparece el padre de Salinas retratado con Adolfo López Mateos, Lázaro Cárdenas o Adolfo Ruíz Cortines— hasta la vestimenta del futuro presidente, que Leñero describe así:

Entonces llegó Salinas. De traje azul marino, cortado por el mismísimo Dios, y corbata azul y roja. Fresquecito y limpio como lo vería siempre, después”, se lee en el texto titulado “El día en que Carlos Salinas…”, que forma parte del libro Gente así (Debate, 2007).

En ese momento los dos, extremadamente cordiales, aunque suspicaces, se estrecharon la mano y no mencionaron nada del “tono despectivo” con que Salinas había hablado de Julio Scherer y del trabajo que hacía en Proceso, apenas unas semanas antes, cuando se vieron por primera vez en un encuentro de intelectuales que se realizó en el Centro de Arte Dramático de Héctor Azar.

Tampoco se dijo nada del desaire que le hicieron a Leñero. Y es que después de ese primer encuentro, lo invitaron a acompañar al candidato en una gira por San Luis Potosí. Sin embargo, estando allá, lo mandaron de regreso y con malos modos, antes de que pudiera hablar con alguien.

Dice Leñero que aceptó la invitación por “la maldita curiosidad de estar en una farsa de aquéllas”. Sin embargo, relata, “antes de asistir a la comida para invitados especiales, antes de intercambiar palabra alguna con Salinas, un achichincle de la campaña me montó en un autobús, me condujo al aeropuerto, y en un avión me regresaron a México como persona non grata sin la menor explicación”.

La anécdota la publicó Leñero en Proceso y al rato un tal Pedro Pardo, secretario particular del candidato, le habló para que fuera con Salinas a tomar un café, en tono de desagravio, en la casa de Cracovia, aquel 10 de mayo.

“SCHERER ES UN INTRANSIGENTE”

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Apenas se saludaron, Salinas sacó el tema de la crónica que escribió Leñero. Relata:

-¿Por qué escribió eso, Vicente? No había necesidad.

-Me pareció muy significativo, licenciado.

-No tiene nada de significativo.

-No en lo personal, licenciado. Me pareció interesante por lo que revela de las campañas políticas. El folclor de las giras… Me regresaron y escribí lo que me pasó, lo que vi. Tal cual. Nada más.

-No había necesidad, Vicente. ¿Y quiere que le diga la verdad? Todavía no sé por qué lo regresaron. No sé qué pasó.

Según el relato de Leñero, los primeros minutos de la plática Salinas los aprovechó para hablar sobre el supuesto radicalismo de Julio Scherer. “Es un hombre incapaz de dialogar. Es intransigente. No admite razones de nadie. No entiende que Proceso no puede seguir así”.

En respuesta, Leñero le insistía una y otra vez que todo lo que tuviera que decir de Scherer y la revista, a la que calificó de radical, panista y subjetiva, lo hablara directamente con él. “Él tiene mejores respuestas que las mías”.

Después de dos rondas de refrescos tomados en el jardín de la casa, vinieron las recriminaciones de Leñero al futuro presidente. Narra de nuevo el autor de El evangelio de Lucas Gavilán:

-También nos tienen marginados, licenciado.

-Cuál marginados. Publican lo que quieren. Nadie los censura.

-Quiero decir informativamente. Nos impugnan como una revista de primera y nos tratan como Quehacer político.

-Eso no es cierto.

-No hay reporteros de Proceso acreditados en su campaña, licenciado. Y así no se puede cubrir bien la información.

-Ninguna revista está acreditada.

-Porque piensan que todas las revistas son como Siempre! o Quehacer político. Y no es cierto. Nosotros tenemos derecho a la información como cualquier periódico.

Carlos salinas y Diego Fernández, en pleno apogeo del poder salinista.

Hubo un momento en que Salinas le preguntó al periodista cómo Proceso podría “trascender” a Julio Scherer. Leñero entendió perfectamente qué había querido decir: “quitarlo de en medio”, “derrocarlo”, “sustituirlo”. Leal, respondió directo: “Es totalmente imposible. Proceso es Julio Scherer”. Salinas prefirió dejar el tema por la paz y mejor habló de literatura y de teatro.

Incluso platicaron de literatura policíaca, y de la novela La chica del tambor, de John Le Carré, que Salinas había leído recientemente. Leñero siguió con el tema y le recomendó leer a Highsmith. Se lee en la crónica:

-¡Y por qué le gusta ese escritor?

-Es mujer, licenciado. Patricia Highsmith… Lo que me gusta es que nos mete en el alma del asesino, en su psicología, en su compulsión por matar. Nos despierta los peores instintos.

-¿De veras?

Después de hablar un poco sobre teatro y la necesidad de impulsarlo, la reunión se vio interrumpida por una asistente que le avisó a Salinas que su madre acababa de llegar:

-Voy a comer con ella para celebrarle el 10 de mayo –explicó.

-¿Qué edad tiene su madre, licenciado?

-Eso no se pregunta, Vicente, caray. No sea mal educado.

-La mía tiene ochenta y ocho.

-¿Y usted?

-Cincuenta y cinco, licenciado.

-Entonces sus canas son prematuras.

Cuando dejaron el jardín para dirigirse a la salida de la casa, se encontraron con la madre y el padre de Salinas, Raúl Salinas Lozano.

“Ella muy amable conmigo, con mis libros y mis obras de teatro, hasta que el candidato la interrumpió para dirigirse a su padre:

-Le estaba diciendo a Vicente que tú fuiste amigo de Julio Scherer.

-Todavía lo soy –respondió Salinas Lozano. Ya no nos vemos pero lo sigo siendo, creo.

-Seguramente sí, don Raúl.

“Ahí se acabó todo. Salinas me acompañó hasta el patio, me dio un abrazo […] Varias veces vi de nuevo a Salinas durante su sexenio. Me trataba bien. Me tenía voluntad. A veces me tomaba del brazo, me sacaba del grupo y me peguntaba obsesivo: ¿Qué le pasa a Julio, Vicente? ¿Qué le pasa? ¿Qué le está pasando?”.

 

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Author: fisgonpoliticojal

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